¡Apareciste!
Igual que aquella noche que llegaste a mi vida y la pusiste boca arriba.
No esperaba que lo hicieras tan pronto pero ya sabía que llegaría el día; día que te dabas cuenta de lo que te perdías. Aún no sé si ya es demasiado tarde, pero en este momento solo tengo ganas de aprovecharme de ti; tal vez solo en letras y palabras, en mi imaginación y mis historias; o de tu cuerpo y tu silencio, tus manos, tu calor y este ardor.

Todo me grita que es una equivocación pero ya me hace falta equivocarme, estrellarme, caerme y volverme a levantar. Y es que me gusta la emoción que me haces sentir, me gustan los rugidos que produce mi vientre cuando te tengo al frente, me gusta mi sonrisa pícara, el sarcasmo que se asoma, los reclamos y las explicaciones.

Tan sencillo como que me gustas para todo y tal vez para absolutamente nada. Es que ya me enloquecí con tus besos, con tus brazos alrededor de mi torso y tus dedos toqueteando mis muslos. Me encante con tu corazón revolucionado cuando me tiene tan cerca; y de un soplo vuelvo a la realidad con tu tímida torpeza y tus palabras sin belleza.

No deseo más que tu cuerpo, porque sé que es imposible apoderarme de un corazón sin color, sin pasión, sin sazón, pero ya ando perdida entre el dorado de tu piel y me siento algo ahogada entre nuestros besos muchas veces sin sabor; por lo que sigo con mi objetivo latente de aprovecharme de cada encuentro en el que haces rugir sin piedad a mi vientre y no logras acallar mis gemidos que muchas veces no mienten, pues tu respiración incita a un mutuo final ferviente.

Si me arrepiento, que sea de todo lo que hicimos y no de lo que dejamos de hacer, que sea de aprovecharme de cuanta cosa me dio la gana de ti.

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