Te vi.
Se me movió la vida misma al verte y fue más que la razón porque siempre tuve el deseo latente de volver a cruzarme contigo. En la distancia te veo constantemente; a ti, a tus lindas palabras, tu sonrisa, tus cosas tan únicas e irreverentes. Es algo como que tu recuerdo no se quiso ir y deambula por las paredes de este agrietado corazón y el inmenso espacio que recorre mi imaginación.

Le pregunte a la vida si ya era el momento, el que creo nuestro y anhelo llegue antes de partir, pero al parecer respondió con un rotundo no. Tu celular, tus pasos distantes, tantos muros que te impidieron verme. Es como si no hicieras parte del mismo lugar que yo habito, como si te escaparas en una complicidad entre el tiempo y el viento. Como si solo aquel día de hace tantos meses, fuese el momento de cruzarte a arrebatarme un poco la fe. Como si no quisieras que el sol de la mañana vuelva a salir por aquí. Como si luego de incendiar el tiempo, solo llegaras a apagar la llama que abraza a mi cuerpo al recordar tu tacto. Como si fueras un cuento que una noche entre penumbras me inventé.

Una historia que no fue pero que no se olvida. En esas palabras puedo resumir estos más de 365 días en los que quise que hubiera un nosotros y nunca fue posible. Lo intente, volví a tenerte al frente una vez más y no encontré la calma, naufragué y descubrí que sin duda eres mi maldición. Me moriría de ganas de decirte que esto es para ti, que estoy escribiendo una despedida que tantas veces se ha convertido en bienvenida a mi vida, porque del otro lado sigo esperando que los kilómetros se acorten y pueda engañar al corazón.

Quiero pensar que es solo mirarte a los ojos y decir adiós; un adiós sin mentiras, sin promesas disfrazadas, ni frases tergiversadas, y así terminar este capítulo que no creo haya terminado en este punto final.

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